Cannes Día 11. La traca final llega con el genio de ‘Showing Up’, de Kelly Reichardt – Noticias de cine


Películas analizadas hoy: ‘Close’ de Lukas Dhont, ‘Broker’ de Hirokazu Kore-eda y ‘Showing Up’ de Kelly Richardt.


Por razones que desconocemos, el Festival ha decidido dejar algunos de los nombres más potentes de su programación para las dos últimas jornadas, cuando el mercado ya ha bajado persianas y la prensa empieza a retirarse. Creíamos haber llegado a la cima de la cinefilia cannoise con el despampanante biopic de Elvis de Baz Luhrmann, la monumental vuelta de Albert Serra con Pacifiction y la que será una de las películas españolas más comentadas de la temporada que viene, As bestas. Hoy, último día, cerramos con tres de los cineastas que más amistades habrán destruido en las colas de los festivales.


Menuet/Diaphana Films/Topkapi Films/Versus Production

Primero vino el belga Lukas Dhont, con Close. Segunda película de un realizador que en 2018 mereció a pulso todas las antipatías de la comunidad queer con su ópera prima, Girl. Aquel era un auténtico
ejercicio de pornografía del dolor sobre el cuerpo de una niña trans, asimismo interpretada por un actor cis. A pesar de lo muy problemático de la propuesta, la de Dhont arrasaría en el palmarés de Un Certain Regard, llevándose el Premio de la Crítica, la Cámara Dorada a la ópera prima, la Palma Queer y el Mejor Actor. Salvoconducto más que sobrero para un regreso por la puerta grande del Palais, en 2022 Lukas Dhont volvería a competir: hoy por la Palma de Oro, con una historia que también puede sonar dolorosamente cercana. Close encuentra a dos amigos íntimos del todo inseparables, Rémi (Gustav De Waele) y Léo (Eden Dambrine), quienes acaban de entrar en el instituto. Su vínculo es irrompible, forjado a base de años de caminar al mismo paso. Sin embargo, Léo de repente tiene miedo: teme quedar fuera del círculo de niños de la clase porque lo consideren “marica”, así que, de forma más o menos consciente, empieza a distanciarse de Rémi.

Poco se habla del dolor tremendo que llega al perder a un amigo, un amor que puede ser tan duradero e intenso como el romance más sonado. Poco se habla, pero conocemos bien el sentimiento de desamparo y de absurdidad que toma el mundo cuando esa persona ya no lo comparte con nosotres. Close analiza los procesos de duelo que atravesamos al desmantelar una amistad perfectamente posible, aun truncada por el cauce natural de la vida misma. Viviremos a través de los ojos de Léo lo inenarrable de un distanciamiento sin vuelta atrás, con un Lukas Dhont que decide recorrer los carriles seguros y bien engrasados del retrato psicológico en clave intimista propio de un cine europeo. El belga ilustrará a todo color los momentos de colapso emocional de Léo, totalmente sobrepasado por las circunstancias, así como su progresiva recuperación y vuelta a una nueva normalidad. Pulcra y delicada, la película servirá como justificación a quien considere a Dhont un desalmado explotador de infancias, pero no como argumento para elevarlo en ningún momento a la categoría de director reseñable. Close es una mala éplica del Paranoid Park de Gus Van Sant, un salvavidas que en el cajón de “películas de festival” habremos visto ya una y mil veces.


Metropolitan FilmExport

La ha seguido Broker, dirigida por Hirokazu Kore-eda, quien ganara la Palma de Oro en 2016 con Un asunto de familia. En 2019, el cineasta japonés compitió con La verdad en la Sección Oficial de Venecia
(o, lo que es lo mismo, la competencia). Aquella era su primera película rodada en Europa. Tres años y una pandemia más tarde, Kore-eda regresa al este asiático con una road-movie producida y rodada en Corea del Sur, con las grandes estrellas de la cultura pop coreana por cabezas de cartel: son Song Kang-ho (Parásitos), Gang Dong-won (Train to Busan: Peninsula), Doona Bae (The Host, Sense8) y la estrella de K-Pop Lee Ji-eun. Caras nuevas para un relato que sonará familiar a quienes hayan visto alguno de los grandes hitos del director de De tal padre, tal hijo o Un asunto de familia: Kore-eda vuelve sobre la idea de que las familias “verdaderas” son aquellas que se construyen a partir del afecto y el cariño, involucren o no algún lazo de sangre.

Para demostrar su teoría, el japonés monta en una caravana a una pareja de traficantes de bebés (Song Kang-ho y Gang Dong-won), dos pringados que deberán vender a un niño con la ayuda de su madre
biológica, antes de que la policía les detenga. De buen corazón y mollera ágil, el viaje por carretera sirve a los fugitivos para paladear el juego de ser padres con la alegría de quien sabe que toda road-movie acaba mal, ya sea tarde o temprano. Con la ayuda de su entrenado músculo humanista, el cineasta va a recrear aquellos momentos insignificantes que recordaremos cuando, estando fuera de casa, alguna vez pensemos en nuestra familia. Divertidos accidentes en túneles de lavado, comidas en compañía, momentos de sinceridad gratuita… Nos queda claro que el amor lo puede todo, aun si Kore-eda, como es habitual en su filmografía, interpone entre sus protagonistas y un final clásicamente feliz algunas cuestiones básicas de clase y de género (un niño vale diez millones de wones, una niña solo ocho). La película funciona como introducción al sabor agridulce del universo del japonés, pero en su condición de relectura pierde eficacia hasta deshincharse del todo. Título menor, envejecerá regular.

La alegría del final de ruta festivalera ha venido, ahora sí, con la muy esperada nueva película de Kelly Reichardt (Wendy y Lucy, First Cow), una perla, un título precioso: Showing Up (“presentarse a algún sitio”). Cuarta colaboración de Reichardt con Michelle Williams, la película se desnuda de sus brochazos y se viste de la enorme versatilidad de Williams como una actriz radical con una puesta en escena depuradísima. Más que nunca, la cineasta estadounidense trabaja con tiempos lentos, vacía sus imágenes de grandes dramas y las repleta, en cambio, de todas aquellas pequeñas cosas que el cine devuelve a la vida: un gato que ronronea, el ruido callado de la fiesta de algún vecino, la concentración absoluta que alguien consigue trabajando; un momento raro e íntimo. La película sigue a Lizzie (Williams), una artista residente que solo dispone de unos días para dejar su exposición de estatuillas de barro lista.

Sin embargo, la joven escultora es absolutamente incapaz de articular un «no» ante cualquier favor que se le pida y empieza a llenarse la agenda de tareas que no puede asumir. Showing Up toca las teclas del estrés, el FOMO, y el miedo a la mediocridad y el abandono. Funciona no solo como una perla tranquila acerca del nutrido mundo de inseguridades que rodea la creación artística. Es también una película totalmente entregada al acto creativo, primero porque curiosea divertida por el mundo de la creación de arte, entre dibujos y estatuillas de cerámica del estudio de la protagonista.

Luego, porque sus imágenes, lentas, están totalmente abiertas a que nos proyectemos sobre ellas, como si también se nos guardara un hueco para que pudiéramos abstraernos en el trabajo manual de dar forma a una vasija/ver la película. Kelly Reichardt descubre que trabajar juntes, aun al otro lado de la gran pantalla, es la mejor forma de superar las inseguridades creativas. Sencilla clave para una película preciosa.

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